Fragmentos acerca del escribir


La revista mexicana Cronopio,  ha publicado "Fragmentos acerca del escribir", una serie de textos con los que Wilson Pérez Uribe aborda el hecho de la escritura.

Fragmentos acerca del escribir

Cerrar la puerta...




Cerrar la puerta de la habitación, encender unas cuantas velas entre el aroma cautivante y vívido del sándalo, y sentarse en un rincón a escuchar a Arvo Pärt, mientras afuera llueve y hace frío.

Cada nota, desperdigada, lanzada con una delicadeza terrible, responde a una continuidad. La música de Arvo Pärt es lenguaje tenso y dúctil como el aire, sus composiciones sacras para piano representan el consuelo último de quien hoy ha decidido indagar sobre sus palabras. Estoy envuelto en unas sábanas, tal vez dispuesto a reconocer que el amor es un camino proporcionalmente incapaz de ser recorrido, que la poesía no es un manantial sereno e inagotable, sino que se ahonda en turbulencias que, luego, la aclaran como un espejo. El aire es Für Alina, composición instrumental de 1976. El aire está tatuado de un gesto olvidado, de una sensibilidad remota y a la vez cercana. El piano está en mis oídos, desde el exterior al interior viene la música como un hálito fresco, sin requerimientos de ideas y utilidades vulgares. El piano y el violín donde Arvo Pärt compuso su Passacaglia me hunden en un tumultuoso misticismo: “la música es la melodía cuyo texto es el mundo”, sintió Schopenhauer; “hay música fresca con la que uno se desaltera”, confesó el Alexis de Marguerite Yourcenar.

Yo habría querido que la armonía me cegara o me contuviera, que la brevedad de una nota, de un impulso sonoro acallara mis palabras. Yo habría querido superponerme con firmeza frente a lo denso, lo impasible, lo inalterable. El mundo se acumuló en un instante, luego de que una obra como Magnificat me revelara una persistencia sagrada en cada acto, en cada palabra: era un aroma denso que me aturdía mientras me aclaraba; era la demorada estación otoñal revelando un continuo transitar, una mirada perdida entre la multitud, la escasa importancia de alguien que lloraba mientras unos tantos cruzaban la calle. En esta hora de música, el mundo fue lo bastante sincero conmigo, me inclinó, en un sentido culpable de la emoción, a preguntarme si las cosas en su sosiego de objetos comunes, ambicionan tornarse en humo, en leve bruma, en tersa ola.

Escribir



Escribir el tiempo de la luz entre el follaje. Escribir la duración del tacto sobre la temblorosa carne del otro. Escribir que hay un recuerdo, vago, del ayer, y tras su aroma, el olvido tensando los hilos. Escribir que no hay un comienzo cierto ni un fin definible. Escribir que, secretamente, algo nos hiere y nos duele y nos purifica. Escribir para decir lo que se calla. Escribir para callar lo dicho, lo tantas veces ultrajado, lo desnudado, lo apartado de ti y de mí. Escribir porque las palabras re-velan este instante. Escribir porque al cerrar los ojos las palabras velan el tiempo en la luz de su eternidad. Escribir con palabras dictadas por los ojos. Escribir con la mirada, con el labio, degustando, contemplando. Escribir, porque escribiendo se fluye en el respirar, porque escribiendo el vuelo del pájaro de rama en rama se hace instante, temblor sonoro, palabra que transita en la piel.

(C) Wilson Pérez Uribe


Ciudad de carne y primavera



Qué claman mis ojos, qué toca la extensión carnosa de mis manos,
qué caminan sin caminar mis pies, qué ciega los labios
y con ellos las palabras y la luz vertical de la memoria.
Hablar con otros verbos es también callar, hablar con la mirada
es silenciar lo que se ve; hablar con los ojos, con la quietud del cuerpo;
dialogar con los labios sellados; dialogar con las sílabas del corazón
para entender la fija idea de estas calles que en su penumbra
se hunden, se alargan, que ceden a la oscura soledad de los que transitan.

Escribo en la rugosa página mental, delineo lo que observo,
olvido lo que pasa sin decir, sin murmurar. Escribo sin orden,
soy anárquico en mi contemplar; escribo porque las horas
se deshacen en el tiempo, hay que atraparlas en los muros,
en las imágenes, en la luz intermitente que transita,
en la esquina rumorosa, en la banca que no espera ser ocupada,
en el semáforo multicolor cuya vida es un triste hábito.
Yo soy la célula de la corporal ciudad, el blando tejido de su carne.
Yo soy el transeúnte, el aroma citadino, el rostro en la ventana,
el que se detiene, el que rápido camina, el que ríe, el que teme,
el que espera cruzar la calle, el que observa con incredulidad,
el crédulo, la sombra del guayacán en flor, la casa que guarda
cada gota de sangre derramada, la voz temblorosa de quien,
en sólo un instante, ha vivido la muerte y sus huellas sus olores y sus gritos.
Yo soy la ciudad de rostros ocultos, la ciudad de lentas lágrimas.

La ciudad nocturna se desnuda: frente a mí un mendigo
extiende su mano cóncava, infinitamente su rostro
se sumerge en las sombras, yo le miro y paso de largo.
El desperdicio material de la ciudad se convierte en manta de dormir,
en alimento sanador del espíritu, en amuleto para conciliar el sueño.
La ciudad nocturna es otra voz: el eco desgarrado de quien sufre,
la sonora risa de quien se ha embebido con música, con licor,
con el amor de las esquinas y las avenidas y las calles perfumadas.
La ciudad nocturna dialoga con lo indecible: un monumento
de carne metálica se aferra a un rojo recuerdo, un río por debajo
de las aceras trae los sueños de las laderas, un callejón
que feliz ha huido de la artificial luz de vigilantes lámparas;
el mundo para aquel que concede sus pasos a la terrible soledad
de lo poco luminoso es un mundo de vivas sensaciones,
de heridas mal sanadas, de intensos, hermosos y simples ahoras.

La voz que murmura los recuerdos de quien ya no está,
la historia secular del tiempo y la sangre y los rostros de antaño,
la mano que no espera ser tomada, la charca quieta, espejo de quien pasa,
las puertas cerradas, los anuncios vagos y viles colgando de las cerraduras,
las vallas de ostentosos colores prometiendo, augurando, mintiendo;
el árbol de la vida no hecho de hojas sino de cuerpos desnudos, lacerados;
una reunión de amigos, la música resonante, la clara bocina,
la mirada inquieta de quien intenta cruzar, la mirada ciega
de quien ya cruzó, la mirada de quien en piedra y en bronce
ha quedado sepultado en medio de la soledad de las calles.
Una playa donde no hay arena, una avenida ruidosa,
un parque de humo sacro, de murmullos, de pupilas inquisidoras,
un café ostentoso, un café a medio cerrar, una tienda
esperando el primer comprador del día, un basurero hurgado,
una fotografía sin palabras porque ya todas las ha dicho,
un alto monumento a los antiguos telares, una calle
con rosas y con historia, el hombre, la mujer desprevenidos,
el hombre, la mujer prevenidos; el cansancio, la rapidez,
la quietud, la espera, el soliloquio del que ha comprendido
ser cuerdo en su locura, lo buscado y jamás hallado,
lo hallado y jamás buscado, un libro, un espejo, una manta,
una llave en las aceras, un olor a cotidianidad, un olor a lluvia musical.
Estas cosas, tal vez, sean la ciudad de frágil carne y de honda primavera…

Hablábamos de la noche



2
Hablábamos de la noche como de la memoria, del tiempo y de las heridas en el corazón. Hablábamos de la música y de los libros, de las hojas del sauce, de Shakespeare, del amor y de las cosas idas. Hablábamos sin hablar, con la mirada, con el tacto, concediendo al tiempo el don de consumar a su paso lo que debida y dolorosamente callábamos.

La tarde es de oro...



1.
La tarde es de oro y de hierro y es irreversible: ríos de luz colman la página, agua rumorosa vertida en cántaros de piel, palabras sin voz, sin aire, palabras eco, palabras llama, palabras nubes se desprenden en el borde último de la página. También escribir es cifrar un destino sin nombre, acaso inabarcable; también escribir es vivir y es respirar y es mirar la alargada sombra que extiende el ocaso sobre los pasillos y las horas y los sueños.
Yo me demoro en la blanca página sin trazos, allí donde el comienzo es fin y las palabras sin decir, ya dicen. Yo tristemente celebro la luz que se agolpa en el silencio; en el dorso desnudo de su tacto yace la escritura que aún no descifra la huella de mis manos.

(C) Wilson Pérez Uribe

La Infancia Literaria en el Congreso Internacional de Educación en Medellín



El texto La Infancia Literaria: espirales en torno a Egipto, Roma y la civilización azteca, realizado por Wilson Pérez Uribe en torno a las novelas Copo de Algodón (Ediciones El Naranjo, México 2010) y Querida Alejandría  (Norma, Colombia 2007) será presentado por su autor en el Congreso Internacional de Educación: Tendencias en investigación y formación de maestros, que tendrá lugar el 8 de octubre, en la Universidad Luis Amigó, en Medellín, como ponencia en la mesa de Infancia y Familia.