El Astrófilo IX




Yo no sé, amigo astrónomo, dónde deslía
su enigma de sombra la luz, ni cuándo, invisible,
la Tierra flota en la órbita corva del espacio.
A mi soledad la asaltan otras más frágiles,
extrañas y dispersas preguntas:
por qué en la brumosa Vía Láctea arde,
intemporal, una rosa pulsátil de mis pétalos.
Dónde yacerá el llanto rojo, azul, violeta
del antiguo astro que ha colapsado en sereno terror.
Dónde ve su aurora la cuerda, el átomo, la onda,
acaso el cosmos advierte su origen en una historia
de moléculas. Yo sólo soy una mirada, un instante,
un cuerpo que implora a las estrellas un poco de amor,
un poco de asombro. Yo no sé, las palabras urden mi noche.

(C) Wilson Pérez Uribe


El Astrófilo VIII



Noche sin estrellas: soy el guijarro
que rueda en el confín de las tinieblas,
la leve presencia que labra en palabras
el faro que advierte la densidad de tu piel.
He caminado la larga ausencia de tus ojos,
vanamente entretejo un ardid geométrico
que descifre la oculta luz de astros peregrinos.
Noche, eres insomnio, el cuervo que devora
mis pasos. Estás hecha de olvido, de espanto;
dónde queda la blanca luna y el infinito de estrellas,
dónde el aire tatuado de signos y de pupilas.
Me salvan la memoria, un antiguo mapa
y los dones de la tristeza: pulir en tu negro ámbito
un cristal donde fulgirá la efigie de mi poema.

(C) Wilson Pérez Uribe

Una selección de árboles

La hora interior 11. El oficio de la mirada





LA HORA INTERIOR

11.  El oficio de la mirada.



“(…) has cerrado los ojos y entras y sales de ti mismo
a ti mismo por un puente de latidos:
EL CORAZÓN ES UN OJO”.
-Octavio Paz, La casa de la mirada.

No despierto aún ante los aromas terrenales que con grato insomnio derraman su brisa matutina sobre los campos, el hombre sigue recostado en la litera de pino tallado. Sabe que el mundo  rueda interminable como una esfera de cristal cuyo centro está en todos los sitios. Junto a él pasan las horas y en ellas la memoria de ciertos días ultrajada por la pasión de ciertos rostros, de ciertas cosas cuya forma, ciertamente, no habrá cambiado desde aquel remoto pasado. Piensa que es bueno leer antes de hundirse en la sala de su casa para desembocar en el frío corredor de pálida baldosa donde se cierne el rocío de la aurora. Al azar toma Hojas de hierba, de Walt Withman, en la noche había soñado con volver a los poemas de Álvaro Mutis y de Meira Delmar, pero también pensó que toda elección es arbitraria y que las tretas del sueño rara vez tienen un sentido común. Leyó en Withman, acaso recordando que aquel poeta escribió un solo poema para todos los hombres:

Quédate conmigo este día y esta noche y tendrás el origen de todos los poemas,
tendrás lo bueno de la tierra y del sol… quedan millones de soles,
no volverás a experimentar las cosas de segunda o de tercera mano… ni verás con los ojos de los muertos… ni te alimentarás de espectros en los libros,
tampoco verás de mis ojos ni conocerás las cosas a través mío, oirás y discernirás por ti mismo.

Cada palabra está desnuda, arroja su sombra sobre la fatalidad de nuestro cuerpo; cada palabra nos remite a nosotros mismos, como cada acto remite al primer hombre. Whitman abundó en caóticas y felices enumeraciones; su poesía es tan nuestra como suya. El día inicia con un poema: si la mañana es de un azul vegetal entonces prefiere a los románticos ingleses; si la niebla es densa y blanca, Marguerite Yourcenar entra a compartir la soledad y el silencio; con ella se pueden descifrar los sueños y convertirles en una triste minucia de cenizas. Sin embargo, no gusta de la cotidianidad; todo deseo circunscrito en hábitos deberá ceder al cambio por mayor o menor esfuerzo.
La mañana es luminosa y el aire es débil, apenas un susurro entre las olorosas hojas de los eucaliptos. Ha caminado un poco: subió por el camino empedrado hasta el estanque donde en cierta noche se vio extensión de las estrellas. Contempló la huerta enmudecida aún por el rocío y desvió la mirada sobre el valle de manso cuerpo. ¿Qué es aquella sensación de la tierra en su estado más virgen, claro e inocente? ¿Por qué la hora matinal coronada de rayos de sol entre un cielo de colores marinos, tiñe de primavera cada filamento de cada planta hasta hacerlo materia leve y delicada? ¿El pájaro habla con los vientos? ¿Qué respiran las piedras en su callado lenguaje?
Le atraían las preguntas y la extrañeza y la perplejidad. Ante él se multiplica el asombro, creyendo que éste es el corazón palpitante de algún dios que sobre estas tierras vigila con hechizado consuelo. Era discreto con el cuerpo y la voz, su mirada, traviesa, desnudaba las ignotas y sobrehumanas formas de las nubes, todas ellas trazaban una suerte de relato fantástico sobre la ancha piel del cielo: tal vez el valiente Ulises navegó entre mares furiosos donde olas de blanca espuma golpeaban la barca hasta desaparecerla por su misma condición de nube. Mirar era conocer, reconocer; mirar era para él descubrir la escritura de la gota de agua sobre el herido tronco del viejo sauce; mirar era saberse de un tacto que no le negaba su ser mismo.
Pero el día con sus lentos aromas de viento raudo, con su apenas visible quietud en el medio día sin sombra, iba superponiendo la rígida y voluptuosa necesidad de escribir. El hombre ignoraba la suerte de sus versos, lo poco que había escrito le había merecido unos cuantos elogios de cercanas amistades, no así, descreía de llamarse poeta, título que, ciertamente, el tiempo con sus azares y sus fechas sobre una lápida habrá de otorgar en su justa medida.
La poesía acecha en cada instante, es latente, es una onda con alma que deja círculos en el río que corre junto a nosotros. La poesía no es otra cosa que una promesa hecha de secretos y de misterios; la poesía es la roja flecha que en su vuelo deja una finísima música en el aire de su danza; la poesía es vacío creador sin nombre porque todos los nombres pertenecen a ella.
Sumergido en oscuras reflexiones sobre el tiempo y la memoria, sentía muy hondo en su cuerpo, una leve molestia como de enfermedad naciente o de un pasajero amor de negro cabello y  salvajes labios. La necesidad es un vino que al fin termina por ser bebido, y en su cauce de dulce embriaguez ha de hallarse lo que, en cierta forma, nunca fue buscado y jamás solicitado por otros. Ya las palabras van acechando en la mente y un cosquilleo como de flácido pelaje felino entre las manos, va dejando efluvios incomprensibles. Es el poema, piensa él, el poema que pide ser palabra, y la palabra pide ser poema en el abrazo interminable de la poesía. Unas palabras vienen, otras escapan, son un surtidor que acelera su danza al caer la tarde de ámbar. Luego, de nuevo, los ojos se pierden en el poniente de codiciado oro, y las montañas a lo lejos se revisten de un pálido color de quemadas nubes, y el viento deja de agitar las copas de los pinos y de las acacias; todo es quietud en la hora fugaz del ocaso. Algo susurra, algo desea inventarse, algo huye y reaparece cuando el sol se ha hundido en un océano calmo donde las tinieblas son el horror, el olvido y la belleza en la blanca simetría de la creciente luna o en la fulgurante perla de la estrella.
Algo quiere dormir en las salas amargas de la noche, la mirada, que ya, secretamente, habrá escrito el poema.



Wilson Pérez Uribe.


La hora interior 10. El astrófilo







LA HORA INTERIOR

10.  El astrófilo.

III: La noche de los astros: entre las palabras y el silencio.

En ciertas memorables páginas que Octavio Paz dedicó a André Bretón y al surrealismo, leemos: “El hombre es un ser que imagina y su razón misma no es sino una de las formas de ese continuo imaginar. En su esencia, imaginar es ir más allá de sí mismo, proyectarse, continuo trascenderse”. El hombre no es más que un ser amoroso que siente la viva encarnación de sus sueños en todo lo que desea. No menos razonable es la afirmación del nobel mexicano que las mismas palabras que se desprenden del término astrófilo. La etimología nos ha enseñado, ya a expensas de la tradición, que la raíz griega áster- significa estrella, y philos- significa amor. Oculta está la palabra imaginación en la vertiente nominal de astrófilo; fundidas en su piel yacen los verbos mirar, contemplar, observar, admirar. Astrófilo no es más que, retomando a Octavio Paz, un ser que imagina, pero cuyas formas de imaginar siempre han de partir de su interior hacia el exterior: el firmamento nocturno.
¿Dónde reside la mayor y más poderosa satisfacción del astrófilo? Como el antiguo nómada que trazaba especulaciones en la noche constelada, en el mediodía sin sombra o en la bifurcación del relámpago, el astrófilo se deleita con la contemplación de los objetos celestes. La proyección de su ser no la otorgan las vanas materias terrenales, el cosmos con sus secretos y su música de onda de luz y de pasado, ha de conferir de todo cuanto goce pueda soportar la maravillada pupila y el crepitante latir del corazón.
¿Qué es aquello que puede generar una lágrima, una profunda emoción o las sílabas de una reflexión cuya fisionomía de reptil o de pez también surgió de la formación, gota a gota, de elementos pesados y débiles a partir de la gran masa de una estrella en constante combustión?
El suscitado interés por la observación del cielo estrellado no es un acontecimiento moderno, salvo por los instrumentos, ciertamente debe ser considerado como un fenómeno de milenios. Quizá el sentido se haya redimensionado con la aparición del primer telescopio en la época de Galileo Galilei, pero no así la perplejidad o todo claro atisbo de asombro que está más allá del rígido dictamen positivista, que no deja de ser válido para la comprensión de ciertos fenómenos físicos. Quizá la noche sea inmutable con todas sus leyes y sus secretos y sus bellezas, pero los ojos desgarrados por el temblor luminoso de una estrella, pensemos en la multicolor Sirio o en el sistema de Alfa Centauri, sólo ceden al gemido, al llanto, a la exclamación o, en su defecto, a la palabra.
El astrófilo vive entre el silencio y las palabras, no un silencio ciego frente al exacto desorden del firmamento o una palabra sesgada por la condición natural del hombre. Un silencio vivo, atento, desnudo a lo imprevisible; una palabra reveladora del ser y de lo sagrado, que manifieste la conexión entre el flujo sanguíneo y los átomos danzantes en el centro galáctico; una palabra puente, una palabra poética que se desnude en la primitiva conciencia de todo sentir y todo pensar.
Acaso el hecho de admirar las estrellas se convierta en un viaje personal que en su singularidad, está transido por la historia planetaria. Es fácil afirmar que cuestiones tales como la existencia de vida en otras latitudes del cosmos concierne a muy pocas personas, no obstante, hay otros puntos, además del interés por saber qué hay más allá del universo observable, qué hay de cierto en la teoría del multiverso o en la teoría de cuerdas, que evidentemente exige la atención de nosotros como seres humanos: el cuidado del planeta Tierra para continuar en la cotidiana y feliz admiración de los fenómenos naturales. Dependemos de la naturaleza: los campos son nuestros principales proveedores de alimentos, los mares se han convertido en una despensa que creemos inagotable, los bosques, los ríos han sido ultrajados de su riqueza inmaterial. La naturaleza humana es fluctuante; muta entre la belleza y el horror.
Somos un solo planeta, un vulnerable cuerpo celeste que gira alrededor de una estrella mayor, el Sol, que, a comparación de otras tantas, es una pequeña esfera que ocupa una diminuta porción de la Vía Láctea. Somos un grano de arena, un punto de pálida luz azul, así como calificó Carl Sagan a la Tierra luego de recibir, un 14 de febrero de 1990, una fotografía tomada por la sonda espacial Voyager  I, a una distancia de 6000 millones de kilómetros de nuestro planeta. Concierne entonces al astrófilo interrogarse a sí mismo y a la humanidad, no tanto por descubrir una suerte de poética del cosmos, sino para reflexionar sobre cuál ha sido la posición que como humanos hemos tomado frente a nuestro hogar, ese quebradizo espejo cargado de dioses, de civilizaciones, de ciudades, de tantos e indescifrables afanes; de tantos e incomprensibles conflictos.



La noche cantada por los poetas, descifrada, caminada, enternecida por la dualidad del silencio y del bullicio, la noche de los astros en la que Buda despertó, la antigua noche de Ulises sobre la pleamar, la noche danzante para los rostros de Shakespeare, la noche de ojos negros para una luna temblorosa en los dedos de Beethoven, Chopin y Rachmaninov. La noche encendida por los sacrificios de los aztecas, la tatuada noche de brillos y de ausencia, la innombrable noche que sólo vieron Homero, Milton y Borges. La noche astronómica de obsidiana, de vastedad, de vago consuelo para los conmovidos, vagos, enamorados ojos del astrófilo, ese hombre, esa mitología hecha de frágil polvo de estrellas.


Wilson Pérez Uribe.


La hora interior 9. El astrófilo







LA HORA INTERIOR

9.  El astrófilo.


II: Astronomía: una pregunta por el ser mismo.


“(…) nuestra materia, nuestra forma y gran parte de nuestro carácter
está determinado por la profunda relación existente entre
la vida y el Cosmos”.
-Carl Sagan, “Las vidas de las estrellas”, Cosmos



La pregunta por el cosmos siempre ha de sugerir algo inquietante, conmovedor y misterioso. Carl Sagan en alguna parte de Cosmos escribió que “un escalofrío recorre nuestro espinazo, la voz se nos quiebra, hay una sensación débil, como la de un recuerdo lejano”, cuando contemplamos con el silencio y la benevolencia de la mirada el firmamento nocturno. ¿Por qué sentimos un desorden en la sangre cuando ansiamos conocer más sobre la mecánica de los cielos?, ¿desde qué instante histórico nos ha interesado medir el universo?, ¿qué es nuestro azul planeta en la eternidad del espacio?, ¿qué somos nosotros, una ilusión equívoca de algún dios o un puñado de polvo de estrellas? Preguntarse es recaer en lo abrumador; preguntarse es prefigurar aquello que consideramos lejano y a la vez cercano: el universo tatuado con el hábito de la materia oscura, el vacío, la luz y la eterna belleza bordada con hilos de misterio.
Quizá sea verídico plantear que las ciencias astronómicas vieron su luz en la Antigua Grecia, caracterizada por el transcurso del mythos al logos: explicación racional a los fenómenos naturales. Tales de Mileto (c. 624-547 a.C) fue quien propuso, a la luminosidad de las especulaciones egipcias y babilónicas, que la tierra tenía la forma de un disco plano bajo la bóveda del cielo, donde el Todo flotaba en un océano infinito. El agua elemental, junto a la tierra, arrastraba en sus corrientes a las estrellas alrededor de la esfera planetaria. En aquella época, Anaximandro (c. 610-547) elaboraría un modelo donde la Tierra se halla flotando en el centro del Universo. La sustancia primaria no es el agua, sino que es el apeiron, “una especie de neblina en la cual, y de forma ocasional, se abren agujeros a modo de ventanas a través de las cuales se puede ver que más allá brillan el fuego y la luz constante” (Frenandez & Montesinos, 2007).
Especulaciones que concibieron al aire como origen, hasta otras unidas en el concepto de esfericidad de la Tierra, argumentada por Pitágoras, no son menos que atisbos de una claridad en constante búsqueda que retiene su mirada en el alto resplandor de Alejandría: Eratóstenes de Cirene cifró en una medida casi exacta la circunferencia terrestre, 39.670 kilómetros. Hiparco de Nicea fue el observador más inquisitivo del cielo, comparando, trazando planos en cuya precisión se resumen las distancias del Sol y la Luna desde la Tierra, el descubrimiento de una nova en la constelación del Escorpión y la clasificación de las estrellas por magnitudes según su brillo. La Tierra, ese azul planeta de movimiento constante, contenido de la extraña conciencia y perplejidad humana, destila su orfebre bullicio de agua rumorosa, de brisa agitada, de hierba aún no sesgada, de árboles de hoja ancha para comprenderse parte de un universo que cede a la desmesurada belleza de lo inabarcable.
La historia de la astronomía no se ha dividido en otras disciplinas, más bien se ha alimentado de otros saberes como la física, la química, la biología, las matemáticas. Quizá de este modo, nombres como los de Johannes Kepler, Galileo Galilei, Isaac Newton, Charles Darwin, Albert Einsten o Edwin Hubble, hacen parte de la fértil morada de estudios e investigaciones científicas sobre el cosmos.
Ahora bien, surge entonces una inquietud, y es la referente a la literatura. ¿Qué relaciones se han trazado entre la astronomía y el cultivo de las letras? La respuesta es fluctuante, sin un asidero común, ya que, felizmente, las referencias son abundantes y prestas a entablar una reflexión rica en posibilidades, una reflexión que poco a poco vaya develando ese carácter del astrófilo como fino contemplador de la noche, que en su soledad, en su armonía con las leyes naturales, ha ido descifrando, a fuerza de un poco tiempo y un poco de sensibilidad, qué hay más allá de ese pequeño punto azul donde se ha de vivir, amar, soñar y morir.
Dante Alighieri quizá sea uno de los ejemplos más visibles, su Divina Comedia abunda en modelos cosmológicos sobre la ordenación de la tierra con respecto al espacio. En el canto undécimo del “Infierno”, se dirige Virgilio a Dante en la salida del ribazo donde han dialogado sobre el castigo verdadero que deben recibir los que con usura han ofendido a Dios: “Mas ahora sígueme, que me place andar, pues los Peces brillan y en el horizonte, y todo el carro se inclina sobre el Coro, y ésta pendiente tiene lejos de aquí su término”. Las posiciones de las constelaciones advierten, en la obra de Dante, la proximidad de la aurora y del poniente: la noche antigua cargada de primigenias formas no se agota en marcar, como una suerte de astrolabio, el finísimo instante en que el planeta cede a los estados de la vigilia y el sueño. Otro claro ejemplo ha sido la obra del poeta nicaragüense Ernesto Cardenal, Cántico Cósmico. En su trabajo poético confluyen desde el big-bang hasta la evolución molecular. De esta manera inicia la Cantiga I: “En el principio no había nada / ni espacio / ni tiempo. / El universo entero concentrado / en el espacio del núcleo de un átomo” (…). Al final de la Cantiga VII dice el poeta: “Y el que no sabemos qué sabemos. / Las lágrimas son H2O y van al mar. / ¿Pero el mar y el amor adónde van? / ¿Es partícula o es onda?
Astronomía y poesía confluyen en la palabra hacia una condensación primitiva de la contemplación del hombre sobre todo lo que le rodea: árboles, hojas, troncos, raíces, savia, moléculas, átomos; estrellas, galaxias, nebulosas, supernovas, púlsares, agujeros negros. Quizá sea verídico afirmar que poetas como Gloria Elena Mattei, Olga Arias, Antonio Mora Vélez o Carlos Framb han dedicado páginas memorables a la alabanza de la estrella de soledad prematura.
Vicente Aleixandre, poeta y nobel español, gran amigo de Pablo Neruda, Miguel Hernández, Luis Cernuda y otros de aquella inolvidable generación del 27, en su poema “Cinemática”, pervive un logrado intento por fusionar dos elementos aparentemente diversos y desiguales: el cuerpo desnudo y la noche cósmica. “Asechanzas rasan filos / por ti. Dibujan tu cuerpo / sobre el fondo azul profundo / de ti misma, ya postrero. // Meteoro de negrura. / Tu bulto. Cometa. Lienzos / de pared limitan cauces / hacia noche solo abiertos”. La poesía como la narrativa ha destilado una rica ilusión que se apropia de conceptos científicos para construir un campo de ficción confundido con la realidad. Tales son los casos de Julio Verne, H.G Wells o Ray Bradbury.
Como se ha dicho, son casi innumerables las referencias sobre poetas, novelistas o cuentistas que han buscado en la astronomía una vaga señal de creatividad y de imaginación. La literatura ha tenido la confianza de establecer diálogos con otros saberes, no solo con la psicología, la antropología o la mitología, también la ciencia ha sido una suerte de surtidor que en cada página acecha con la sombra de un raudo cometa o la turbia energía cósmica de un cuásar. Quizá, como la selección natural de las especies, fruto primitivo de la combustión de moléculas en los hornos estelares, la astronomía se ha adaptado a otros lenguajes, no para responder a los misterios del universo, más bien, si se le quiere ver así, para preguntarse, además por los ciclos y la composición de un cometa errante o el movimiento de las galaxias más lejanas, también por el ser humano, ese fino observador, inquisitivo siempre: porque sin ojos no existiría la noche o el día, sin extremidades, sin cerebro no existiría tanto artefacto, tanta industria espacial; sin la inquietud postrada en el núcleo del corazón no existiría ese alto anhelo por saber de dónde provenimos, qué somos o, finalmente, qué seremos.



En un bello texto hallado en el “Tercer tratado de armonía” del poeta leonés Antonio Colinas, leemos: “El reencuentro con el firmamento nocturno en este silencio y en esta soledad nos lleva siempre a formularnos una pregunta clave, pregunta que nace de nuestra insignificancia humana y, a la vez, de nuestras ansias de infinitud. Se trata de una pregunta que en nuestro tiempo se formuló Unamuno en su poema “Aldebarán”: “¿Qué hay del otro lado del espacio?”. No obstante, dicha pregunta se ha reformulado en una cuestión por el ser mismo, es decir, ¿quién soy yo?, tal como se refiere en los Vedas, o en el famoso Kôan del budismo zen: ¿Quién soy yo, cuál es la naturaleza de mi ser verdadero? Antonio Colinas continua en su reflexión, acaso con una voz temblorosa, acaso imbuido por noches azules tatuadas de rojas hogueras o de un abismo de honda quietud: “Hoy como ayer, y quizá como siempre, este firmamento desnudo y hermoso, que enciende nuestras ansias de eternidad, no responde a estas preguntas decisivas”.




Wilson Pérez Uribe

La hora interior 8. El astrófilo





LA HORA INTERIOR

7.  El astrófilo.


I: Los dones primitivos de la noche.

Acaso no sea más elemental el curso del tiempo en una onda sobre un estanque de agua; acaso no sea más perfecta la espiral que ilustra la hoja del eucalipto en su vertiginosa caída hacia la tierra que la primera contemplación del hombre antiguo al cielo estrellado. Todos llevamos, como un tatuaje o una huella imborrable, el resquicio de esas asombradas pupilas, no porque sea la misma estrella la que se observe, sino que siempre habrá una nueva revelación para aquel que destina sus horas nocturnas a la observación del firmamento. ¿Será una herencia, un instinto o una hermosa necesidad? Como la conjugación del espacio tiempo en la pronunciación de una palabra, toda pregunta, interminablemente, llevará a otra, y a otra, y así hasta el infinito. El deleite mezclado con el asombro, el horror entretejido con la belleza, lo inmensurable confundido con lo diminuto y sencillo; el cosmos, siempre objeto de rigurosas investigaciones, de trenzadas leyes y honrosas especulaciones científicas, también arroja su remota y callada música a unos ojos que desnudan en poesía su cuerpo de fúlgida tiniebla.
Los primeros registros astronómicos datan de unos 20.000 años atrás. El hombre prehistórico, asiduo caminante y persistente recolector de alimentos, hizo, tallando en la dureza de la roca, el hueso o la corteza, los primeros grabados sobre el ciclo lunar o los astros más luminosos del cielo estrellado. Los hallazgos en las ruinas de templos de estas observaciones, aunque transidos por la duda de los milenios, no son menos asombrosos: alzar la mirada al firmamento, tomar datos empíricos sobre el día y la noche, refieren Telmo Fernández y Benjamin Montesinos, en su libro El desafío del universo, han sido una auténtica necesidad para la supervivencia. Cultivar ciertas semillas, llevar el cómputo de las estaciones o las migraciones de las grandes manadas, están, ciertamente, vinculados con el movimiento de la bóveda celeste.
En la antigua y fértil Mesopotamia, por cuyas blandas tierras corrían los ríos Tigris y Éufrates, la astronomía pasó de mano en mano entre los sumerios, los asirios y babilonios, hasta alcanzar su máximo esplendor hacia los años 600 y 500 a.C. Las noches, claras y luminosas, permitían la observación de las estrellas cuyo movimiento semejaba una suerte de bloque uniforme: el firmamento se transformó en figuras de hombres y animales; cinco planetas, Shamash (Sol) y Sin (Luna), cifraron de un extraño asombro la oscura piel de la tierra.
Si en los babilonios arden como una llama inagotable los signos del Zodiaco, en Egipto, a orillas del Nilo, ese río del color del poniente, surgían los primeros calendarios bajo el curso del Sol, o el orto heliaco de Sirio que anunciaba el principio del año. El tiempo se hilvanó en mitos y extrañas cosmologías sobre la forma rectangular del universo, o en una temprana matemática para establecer rudimentarias leyes físicas. Egipto, de arenas milenarias, hizo de la noche un Nilo celeste donde navegaban estrellas de fuego con nombres de deidades suspendidas de una cúpula donde se entrecruzaban todas las direcciones cardinales.
La astronomía china deviene de la idea de armonía existente entre la vida humana y el orden cósmico del universo. Un discreto número de leyendas que han llegado a nuestros días, refieren la importancia de los emperadores para la comprensión del cosmos. Un ejemplo de ello es la residencia que habitaba en el Polo Norte celeste, Yuhuang, “el Emperador de Jade”, de quien se creía que descendía el rey que gobernaba el imperio. Se relata, además, que las estrellas que forman el trapecio de la constelación de la Osa Mayor eran el trono del Emperador, mientras que las restantes estrellas que dan forma a la cola, representan el séquito de altos funcionarios. Para los chinos el conocimiento del universo estaba regido por aspectos míticos y filosóficos, pervivía, de alguna manera, una estrecha unión del hombre mortal, que divide la tierra en dos esferas, una de 100.000 kilómetros y la otra de 150.000 kilómetros, con la danza numinosa de los astros.
Las prácticas de la astronomía en las culturas mesoamericanas, justifican el interés de todo ser humano de admirar la noche de los astros y tejer en esas fulgurantes vestiduras una extensión de sí mismo, que le permita desandar sus propios caminos hacia un origen razonablemente poético del Uno en el Todo y del Todo en el Uno, el universo. Acaso sea esta la mayor consigna del ser astrófilo.
De los objetos celestes a quienes los mayas concedieron mayor atención, sin duda fue a Venus. La observación cuidadosa del perlado planeta dio cuenta de sus ciclos: 584 días para que Venus y la Tierra se alineen con respecto al Sol, y, un total de 2.922 días para que Venus, La Tierra y el Sol coincidan en sus posiciones. El Códice de Dresde guarda una detallada descripción de estos ciclos planetarios. Venus, eterno danzante, era llamado Kukulkan en honor al dios de las artes y de la guerra, y Chac, como devoción al dios de la lluvia y la fertilidad.
Toda observación del cielo tiende a la desmesura, pero no por ello a la cordura. Los aztecas consideraban que el mundo era un ciclo cuyo fin siempre tendía a la destrucción. Amparados bajo el Quinto Sol, creían en la perfección, ¿acaso evolutiva?, de los seres humanos, plantas y animales. La tierra, extendida en un total de 13 cielos, era la cámara celeste misma: columbraban allí el centro de la tierra y los cuatro puntos cardinales, el dios Ometéotl y la serpiente emplumada, Quetzalcóatl. Otros hechos cosmológicos fueron heredados de los anteriores cuatro soles, todos ellos bajo el común símbolo de un mundo cambiante poblado de seres extraordinarios.
Finalmente, el cosmos de los incas no deja de ser admirable, no por las concepciones que de él tenían, sino por el hecho de que en el hemisferio sur no existe una estrella referencial, como es el caso de la Estrella Polar en la zona septentrional del planeta. Por tal motivo, los incas determinaron una rigurosa contemplación a la Vía Láctea, o Mayu, el río celeste. Nuestra galaxia espiral contiene algunas zonas oscuras, en estas los incas descifraban constelaciones y puntos de referencia como la brillante α y β del Centauro. El cielo estrellado estuvo relacionado con fenómenos naturales y tareas de siembra y de cosecha, asimismo como una marca divina para la ejecución de rituales. La concepción astronómica de los incas abundaba en la distinción exacta de ciertos objetos, como el caso de las Pléyades o la Cruz del Sur, como un valioso intento de hallar un reflejo que les concediera una identidad cosmogónica de sus hábitos y familias.

Dado nos es erigir un monumento con polvo de estrellas, y en esas partículas hallar toda una diversa concepción astronómica del hombre para con la parcela de tierra que le correspondió habitar.


Wilson Pérez Uribe