Premio One Lovely Blog


A propósito de nominar Los mil otoños del atardecer en la lista One Lovely Blog, Wilson Pérez Uribe  ha tenido la gentileza de responder a las preguntas que le hago. (MGE)



* ¿Cómo nació tu blog?
“Los mil otoños del atardecer” nace por mediación de María García Esperón para darle un lugar, una suerte de templo, a los videopoemas que ella, con el transcurso del tiempo, grabaría. Alrededor de noviembre del año 2013 el blog vio la luz con el videopoema “Transmutación del silencio”.

* ¿En qué te inspiraste para darle ese título?
El título del blog obedece a un poema escrito hace ya varios años, “Los mil otoños del atardecer”, surge de la contemplación de una tarde cuyo desvanecimiento se tornó igual a un otoño en todas sus fases.

* ¿Quién o quienes piensas que están "del otro lado" de tu blog, o sea los lectores?
Ciertamente, uno desconoce el interés de quien visita el blog, sea por casualidad o por invitación. Pero si sé que aquellos lectores que visitan, o han visitado el blog, sienten un interés por el enfoque de lo que se ha publicado allí: los videopoemas con altas referencias hacia la astronomía y otros temas, y La Hora Interior, un proyecto de ensayo que convoca a pensar la literatura, los libros, la escritura y el pensamiento filosófico tanto occidental como oriental.

* ¿Han afectado las redes sociales la vida de tu blog? ¿Cómo?
De cierta manera las redes sociales no han afectado la vida del blog, sea positivamente o negativamente. En realidad la difusión del blog sea hace a través de correo electrónico, recomendación voz a voz o por medio de otros blogs, como es el caso de “Voz Y Mirada”.

* ¿En qué momento de tu vida nació tu vocación literaria/artística?
Yo creo que esa vocación se construye a partir de un instante, y ese momento fue cuando aprendí a leer. Desde ahí la imaginación trabaja constantemente para conjugarse con otro momento especial, y es cuando logramos descifrar eso que nos pasa cuando leemos, cuando sentimos el mundo. La escritura literaria es un proceso constante, uno permanece en una construcción y desconstrucción inevitable y agradablemente diversa.

* ¿Qué tipo de música te gusta?
Me gusta la música clásica, en especial Ralph Vaughan Williams y Frédéric Chopin. También me gusta el rock que tenga arreglos sinfónicos, como el caso de Luca Turilli, Rhapsody, Nightwish, Stratovarius, entro otros. En realidad la música que me gusta otorga a mi vida pasión, sentimiento, dilucidación, extrañez, magia.

* ¿Quién es tu escritor o escritora favorit@? ¿Tu pintor o pintora favorit@?
Mi escritor favorito, es difícil elegir uno, me tomaré la libertad de elegir tres: John Keats, poeta inglés del siglo XIX; Jorge Luis Borges, el gran escritor argentino; y Marguerite Yourcenar, la que dio voz a “Memorias de Adriano”. Mi pintor favorito sin duda es John Martin, romántico, inglés, recordado por pintar algunos pasajes del “Paraíso Perdido” de John Milton.

* ¿Cuál es el libro que más has releído en tu vida?
El libro que más he releído ha sido “Memorias de Adriano” de Marguerite Yourcenar. Uno siempre encuentra algo nuevo, algo latente que se deshilvana entre cada relectura.

* ¿Tu personaje preferido de la Historia?
Alejandro Magno. Lo descubrí en su totalidad al leer la trilogía de “Aléxandros” de Valerio Massino Manfredi.

* ¿Tu personaje preferido de la Fantasía?
Eärendil, el nombre, en Quenya, significa “amante del mar”. Es un personaje perteneciente a la mitología del escritor y filólogo británico J.R.R Tolkien.

* En tiempos en que muchos piensan que los blogs se han convertido en archivos -frente al dinamismo de las redes sociales- ¿por qué crees que es importante continuar haciendo el tuyo?
Creo que es un firme oportunidad de compartir algo que surge de nuestra intimidad, de nuestros gustos, de nuestra visión personal del mundo. Es un espacio que, en su dimensión más significativa, puede seguir tejiendo ámbitos para la poesía, la literatura; quien lo visite puede llegar a descubrir algo significativo para su vida.

Blogs recomendados:
- El Espejo Gótico: http://elespejogotico.blogspot.com/- Fly like a Butterfly: http://fly-like-a-butterfly.blogspot.com/- El ojo en la lengua: http://elojoenlalengua.blogspot.com/- Mujer en tierra firme: http://mujerentierrafirme.blogspot.com/- Poesía infantil y juvenil: http://bibliopoemes.blogspot.com/- Blog de María García Esperón: http://mariagarciaesperon.blogspot.mx/- Voz y Mirada: http://vozymirada.blogspot.com/

La hora interior 7. La clepsidra y la sombra: a propósito del “Fedón o el vértigo” de Marguerite Yourcenar




LA HORA INTERIOR

7.  La clepsidra y la sombra: a propósito del “Fedón o el vértigo” de Marguerite Yourcenar.



El Fedón o sobre el alma es un diálogo platónico cuyo ambiente refiere los últimos momentos de vida de Sócrates. En él, Platón desencadena una discusión sobre la inmortalidad del alma basada en la teoría de las ideas y en la teoría de la reminiscencia. Siglos después, la escritora belga y afrancesada Marguerite Yourcenar, elaborará un reinterpretación de dicho diálogo gracias a una breve indicación que hace Diógenes Laercio sobre la extraña adolescencia de Fedón, que se superpone entre la Atenas moderna y la Atenas de la dorada juventud de la época de Alcibiades. Fedón o el vértigo de la escritora de Memorias de Adriano o Como el agua que fluye, es un texto de una alta filigrana verbal sobre el cual el tiempo se hilvana en la vida de Fedón para descender en un encuentro fortuito con la sabiduría y la perplejidad ante el instante presente. El tiempo que se ha hilado en Fedón, el tiempo del Todo en el Uno y del Uno en el Todo, viene a aclarar la fisionomía de una joven vida en el rostro de Sócrates, un esclavo más condenado a visitar los jardines de la muerte.
Jorge Luis Borges, citando a Arthur Schopenhauer en su “Nueva refutación del tiempo”, ha escrito que “el tiempo es como un círculo que girará infinitamente: el arco que desciende es el pasado, el que asciende es el porvenir; arriba, hay un punto indivisible que toca la tangente y es el ahora”. El dictamen puede contrastar con otra aseveración de Borges, cuando observa que el presente siempre tendrá una partícula de pasado y una partícula de infinito. En el texto de Yourcenar, Fedón transcurre en una suerte de instantes que siempre han de ser un presente eterno que sucede en la dimensión de lo que Es. Esa secuencia, que es el tiempo mismo, reconstruye las formas disímiles del pasado y la vaga cartografía del porvenir. El tiempo existe pero no le cuesta nada a los filósofos, “(…) nos endulza como a las frutas y nos reseca como a las hierbas”. El tiempo, dice Fedón, no existe para los amantes, su vívida locura los arrebata hacia lo absoluto, pero los sangrientos relojes del transcurrir temporal los acerca a la vejez y a la muerte. El tiempo sucede, como al arte, porque sí; entre su sombra, desatada en el momento del nacimiento, Fedón tiene consciencia del dolor y por ende del conocimiento de la muerte que toma las facciones del rostro radiante de una mujer. El discípulo de Sócrates, invadido en un primer momento por la compartida amistad y la negada intención de descifrar el futuro en los astros y concebirlo sí como una inagotable fuente de dicha, se asemeja a los duros objetos de las estatuas que, como dirá Yourcenar en su texto “El tiempo, gran escultor”, “(…) moldeados a imitación de las formas de la vida orgánica, han padecido a su manera lo equivalente al cansancio, al envejecimiento, a la desgracia”.
Comprado por un mercader de hombres luego del asalto a la ciudad de Olimpia, y con la imposibilidad de suicidarse, Fedón debe trabajar como bailarín en la ciudad de Corinto; esa labor de esclavo donde perdería la noción de joven príncipe. El tiempo ata sus nudos, entrelaza sus caminos; el tiempo, el ahora, se devana en la eternidad con todas sus leyes. Borges observa que algunos textos budistas, a parte del Camino de la pureza, rezan que el mundo se aniquila y resurge seis mil quinientos millones de veces por día y que todo hombre es una mera ilusión, vertiginosamente obrada por una serie de hombres momentáneos y solitarios. Esta curiosa aseveración constituye la forma en cómo Fedón pasa a ser un objeto comprado por un desconocido para el fatuo agrado de un viejo sabio de los barrios de Atenas.
Ahora bien, el tiempo de Fedón se conjuga en el encuentro con la sabiduría. ¿Se puede acaso entender el tiempo como un todo explicable  al final de ciertos acontecimientos que no niegan la voluptuosidad o el horror de lo sucesivo? François Jullien ha observado, entre otras cosas, que “(…) el nacimiento y la muerte se definen por una extensión temporal”, ante lo cual se puede advertir que esta prosa poética que retrata en su misma esencia el tiempo como río escultor de la vida, representa un instante unificador que escapa del tiempo mismo, puesto ha encontrado la razón de su partida y la justificación de su llegada. Fedón en compañía de Sócrates: el tiempo anudado frente a cualquier prisa del destino; el tiempo de un instante donde el amor escribe la razón de una vida que descarga sus últimas gotas de agua en el interior de la clepsidra.
Sócrates es la imagen del culmen, sus últimas horas recuerdan a Fedón que, flagelado por la pobreza, la vejez, la fealdad propia y la belleza de otros, “(…) había comprendido que el destino no es más que un molde de hueco donde derramamos nuestra alma, y que la vida y la muerte nos aceptan como escultores”. La sabiduría múltiple de Sócrates extraía de los tiernos cuerpos humanos una efigie divina y ayudaba a las almas a partir; su propia libertad eran sus criaturas abiertas a las verdades desnudas; su tiempo último era la cicuta cultivada y la copa ya preparada para el fatal oficio. Platón en su diálogo pondrá en los labios de Sócrates esta aserción, justa y dulcemente humana: “Los dioses tienen la necesidad de los hombres y éstos pertenecen a los dioses”. Ya ingerida la cruel bebida entre los llantos lastimeros de los discípulos y los trazos garabateados de las últimas palabras del maestro, ya desvanecido el espíritu entre las músicas del dolor, la piedad y la virtud, ya consumado el tiempo propio de Fedón: su juventud, su época de esclavo, su mañana junto a las piernas del hombre que deshizo en verdad otras verdades de menor cuantía.
Marguerite Yourcenar ha representado a un Fedón que, a fuerza de tiempo, no es el bailarín o aquel que ignoraba el destino remarcado en los astros, ni aquel que aprendió a respirar en el instante presente para entender la durabilidad de lo vivido en la imposibilidad secreta y no menos verosímil del morir. Fedón es la ardiente llama ya conjugada en la temporalidad de las cosas, que arde junto al lecho donde Sócrates muere con los ojos abiertos.

Wilson Pérez Uribe

El Astrófilo VII



Quién soy yo, antiguo viajero de las noches,
efímera sombra que los astros prolongan.
Fatalmente he agotado en el verso al ocaso,
en mí no quedan más que las cenizas de un amor tardío
que retorna, incesante y terrible, en la hora
donde la Tierra cede a la ecuación de las tinieblas.
Quién soy yo, que cargo las pesadas, negras piedras
que arroja una luna de otoño. Quien contempla
el universo ya ha descifrado su rostro en la cartógrafa
sabana de estrellas. Mis pupilas se hunden
en la oscuridad: mar de leyes, incesante fuego,
Cruz del Sur; toda noche es una historia que los átomos
esparcen en pálidas, temblorosas lámparas de luz;
toda noche es la estela de una larga ausencia.

(C) Wilson Pérez Uribe

La hora interior 6. En la escritura las palabras; en las palabras el silencio






LA HORA INTERIOR

6.  En la escritura las palabras; en las palabras el silencio



 “Palabras, frases, sílabas, astros que giran alrededor
de un centro fijo. Dos cuerpos, muchos seres que se
encuentran en una palabra. El papel se cubre de letras
indelebles, que nadie dijo, que nadie dictó, que han 
caído allí y arden y queman y se apagan. Así pues, 
existe la poesía, el amor existe. Y si yo no existo, 
existes tú”.
Octavio Paz <Hacia el poema>


Deshilvanar el tiempo en fracciones de instantes: los caminos recorridos, los ponientes tatuados en la memoria, las noches ávidamente contempladas, los rostros humanos que nos miraron y, debidamente, nos olvidaron; la primer palabra pronunciada, el primer trazo que rasgó la túnica de los dioses puesta sobre nuestra inocencia. Acaso la vida no es más que el transcurso inevitable de ciertos nombres, de ciertos lugares; acaso no es más que una serie de actos ejercidos en respuesta al dócil misterio que incesante fluye en las venas de este planeta.
No menos falsa resulta ser la creencia de que las palabras hacen eterno y luminoso un solo instante: la lluvia musical sobre el tejado, la sombra proyectada por una corteza de árbol muerto en el Sahara, el prolongado tañido de una campana en la sagrada belleza de un templo budista. Las palabras son entidad, identidad; arraigadas en la memoria de los hombres por fuerza de la tradición, iluminan lo retraído en las sombras; en su permanencia el ser descifra lo suave, lo áspero, lo dulce, lo amargo. Las palabras son el alma del tiempo, son esa frágil materia donde la escritura respira entre una bocanada de aire, de humano silencio.
Escribir es una tarea dispersa, de retazos, no existe, en un primer momento, un centro fijo, inmutable. Las palabras, en su andamiaje, rigen la escritura; el hombre crea bajo una suerte de sombra verbal. El punto de llegada es la vida misma, ya que en ella convergen el pensamiento íntimo que se tiene sobre el mundo y la mítica voz de la naturaleza, fuente primordial de toda experiencia. En el trozo de papel palpitan las sílabas y el corazón humano, el orden se teje en un ritmo consciente en favor del lenguaje. Quien escribe, quien delinea sobre la piel del presente símbolos que se corresponden, ha consagrado a las palabras el don de ser cuerpo vivo, sensible.
Mientras se escribe se mora en la soledad, existe en ella la dualidad entre una vana conquista y una dolorosa pérdida: vuelan, se detienen, resuenen, callan ciertas palabras; se camina, se retrocede; arden infiernos, florecen paraísos; se trazan imágenes, ideas, voces; lo inesperado despierta, lo común se aniquila; se erigen templos, luego la libertad es aceptar las ruinas. Mientras se escribe se vive y se muere.
A la larga todo se convierte en uno, la escritura halla su armonía, su propio oleaje, entrelaza sus constelaciones, gira milimétricamente en torno a su hallada espiral; toda escritura es una subversión contra el tiempo para estar en el tiempo. Escribir la palabra Piedra, la palabra Agua, la palabra Corriente, la palabra Mirada; escribir la palabra Música, la palabra Atardecer, la palabra Niebla, la palabra Palabra para fundar con lo que se piensa, con lo que se siente, con lo que se vive, un río que ha de fluir, interminable, entre la página y el tacto del otro; ese que nos pertenece sin pertenecernos de algún modo. Escribir para salvar de lo efímero los instantes, para dialogar con lo indecible, con lo callado. Escribir es escuchar las palabras en el fondo del silencio.



Wilson Pérez Uribe

El Astrófilo IV




Memorable la noche de lustrado brillo,
en que, luego del cantar de la lluvia,
abandoné la secreta escuela cuyas
artes declinan en el libro y en el verso,
para andar bajo la niebla silenciosa
hasta la alta colina donde el estanque quieto
hilvana en su húmedo sueño la onda
y el deseo de perderse en el Amazonas.
Arrebatado por el ilusorio reflejo
cedí al hechizado palpitar de los astros,
y allí, en las amplias fuentes de enigma y de luz,
entreví al hombre que se descubre
inmortal bifurcación, extraña melodía
de una estrella que fulge desde el pasado.

(C) Wilson Pérez Uribe





Un poema de Wilson Pérez Uribe en la Revista La Tagua 129



La hora interior 5. John Keats: la humana poesía






LA HORA INTERIOR

5.  John Keats: la humana poesía



A THING of beauty is a joy forever: 
Its loveliness increases; it will never 
Pass into nothingness; but still will keep 
A bower quiet for us, and a sleep 
Full of sweet dreams, and health, and quiet breathing. 
- John Keats, Endymion. Book I.


Escribo estas líneas mientras observo un retrato de John Keats: la luz del poniente se filtra entre los brezos hasta llegar dispersa, y no menos uniforme, a la habitación del poeta. Reclinada su mano derecha sobre el libro de poemas y la otra sosteniendo la inmensidad del pensamiento, como si el tiempo fuera la luz y el mundo unas cuantas páginas. Al fondo yace la biblioteca compartida, casi virgen, y en la pared un retrato que en su ilegibilidad torna a ser Shakespeare envuelto en una bruma de amores y de olvidos. Quien lee, quien permanece felizmente perdido en las palabras, presto a la belleza con sus misterios, presto al incesante fluir de las horas con todas sus leyes, habrá justificado una diminuta porción de lo que es su vida. Alguna vez Keats escribió: “soy de la idea de que un hombre podría pasar una vida muy placentera de este modo –déjale que cualquier día lea una cierta página de plena poesía o prosa destilada y déjale que pasee con ella (…) y se haga con ella, y profetice sobre ella, y sueñe con ella”.
John Keats como poeta no fue un genio, únicamente, de manera indudable, confió y fue fiel a sí mismo. Su poesía no alberga compromisos, es un continuo callar sin sanciones ni prejuicios reaccionarios, su materia poética es delicadamente personal y por eso mismo envuelta en el fluir del yo ante las cosas terrenas. Julio Cortázar confiesa que “lo desagradable de John Keats está en que es un encantador”, y frente a ello hay que añadir que fue profundamente individual, “pues me parece –expresa- que casi cualquier hombre podría como la araña tejer sus propios interiores, su propia ciudadela aérea (…)” y, en una carta dirigida a uno de sus amigos editores, dice: “nunca escribí una sola línea de poesía con la menor sombra de lo que el público pudiera pensar”.
La poesía es un arte que trasciende, su forma y significación particular, vestidas de lenguaje y experiencia, anudan los límites hasta revertirlos en la sonoridad de una palabra que ha contraído en su anatomía, tanto el dolor como el placer, tanto el ancho universo como la fugacidad de un instante. Dice Keats: “creo que la poesía debería sorprender al lector como una formulación verbal de sus propios pensamientos más elevados, y parecer casi como un recuerdo”. 
El creador de Hiperión, el poeta de las mañanas soleadas, del ruiseñor nocturno; el cantor de La Belle Dame Sans Merci, el nadador en las turbulentas aguas del amor; aquel que sintió, en sus últimas horas de vida, crecer sobre él las flores, y que sintiendo el peso del aire en su respirar, pidió grabar sobre su tumba el silencioso epitafio que reza: Aquí descansa aquel cuyo nombre quedó escrito en las aguas. John Keats, cuya razón poética deambula entre las sensaciones más que en el pensamiento, cuyos ojos ávidos de John Milton o Edmund Spenser y que se deleitaron con el mito heroico de los griegos, cuya mano arrebató de los sueños versos como “el enorme saber me transforma en un Dios”, “la poesía de la tierra no cesa nunca” o “el tacto tiene memoria”, comprendió que la poesía está latente en el ser humano, sin adornos pretenciosos sino naturalmente, como la nube de oro al ocaso o el beso a los amantes, y es en él, en su primigenia unidad, donde ella debe “resolver su propia salvación”.
Mientras releo algunos poemas, como Oda al otoño y Oda a una urna griega, pienso en el Keats recostado en su cama, escuchando los sonidos nocturnos que preceden al alba, repitiendo en su memoria el éxtasis de la brisa entre el jardín y la retama en días estivales, y de golpe advierto que su palabra es el eco imperturbable, la dicha inmerecida por los hombres y el frágil latido de la hermosa simplicidad que nos otorga la naturaleza.

Wilson Pérez Uribe